10 de novembre 2008

Praia da Foz II



11:05 Estoy en Portugal. Salgo de un hotel de cuatro estrellas bastante fugaces, bien dormido y desayunado, y abrigado hasta las orejas, no vaya a ser que coja frío. Uno es y debe comportarse como un profesional, aunque a veces cueste. Parece ser que voy a rodar algunas secuencias de acción en una película de policías y ladrones. (Bueno, eso era antes, ahora se las llama de policías y narcotraficantes; gallegos, para ser más exactos. Persecuciones y tiros, vendría a ser). Pero como nuestros vecinos lusos no son tan agresivos como nosotros -así me definieron una noche a los españoles, a bote pronto, en una cena fría-, me suelen convocar como... unas 27 horas antes de mi entrada en el set de rodaje; o sea, que se cubren y de qué manera. Hemos tenido algún que otro problemilla con el tema, no te creas, pero vamos. Todo sea por Obama, y yo que le voy detrás. Faltaría.

11:06 Me meto las manos en los bolsillos -me encanta no llevar nada, ni mochila, ni bolsa, ni nada; las manos vacías y dentro de los bolsillos-, miro a derecha e izquierda, que es lo que suele hacer uno cuando no sabe muy bien a dónde ir, pero me decanto por el centro, en dirección al mar. Estamos hablando nada más y nada menos que de la desembocadura del RÍO MIÑO; así, en mayúsculas, porque se lo merece. El mar me atrae a menudo, y no me refiería sólo a sus profundidades.

11:07 Salto desde la carretera comarcal N13, delante mismo del hotel, hasta el margen arenoso y resbaladizo de aquella especie de lago o algo fluvial que me conducirá al mar, haciéndome un poco el chulo, lo tengo que reconocer, pero no me caigo. Eso sí, me lastimo levemente a la altura del perineo, una vez más. Me suele pasar porque una vez salté más de 4 metros desde una roca -4 metros o más- a la arena de una playa, cerca de Nerja allí abajo en Málaga, y me dejé algunas fibras musculares en el intento. Recuerdo con nostalgia aquel dolor adolescente. Sin embargo, no podría participar con esta historia en el "6 a Traïció" que hacían en TV3 porque carezco de pruebas. Pero es bien cierta.

11: 09 Después de efectuar una breve e infructuosa serie de estiramientos en tejanos, me dispongo a iniciar mi andadura; la típica excusa para repasar texto unas horas antes de la corrida. No quiero que se me malinterprete, se trata simplemente de un simpático símil dramático-taurino. Paseo a buen ritmo por una tarima de madera, recién instalada, preciosa -saludé a los cuatro carpinteros que la estaban acabando en ese preciso instante, fíjate tú; todos ellos fumando al trabajar, clavando puntas de acero de 120 milímetros-, decía... una pasarela de madera del Canadá que bordea el agua casi hasta la playa, porque a pesar del olor ya próximo de la sal, no puedo ver el mar, ya que una especie de duna gigante y frondosa, poblada de pinos y con una extraña edificación en su parte más elevada, me lo impide. Pero todo Portugal sabe que allí detrás está el Atlántico.

11:17 En caso de fumar, este hubiera sido el momento ideal de encender un cigarro. El frío, de por sí, multiplica por tres el humo que de normal exhalas; o visto de otro modo, puedes hacer ver que das una calada profunda, sin darla, y sacar el humo lentamente por la boca mientras tu cigarrillo se va consumiendo, sin tacha, en un heroico acto de servicio a tu salud. Y queda como que fumas. Las chicas lo hacen bastante mejor que nosotros y con mucha elegancia.

11:18 Recorridos los primeros 600 metros me doy cuenta de que cada 100 hay una papelera de hierro con una bolsa de plástico negra; negrísima diría yo para lo que era la paleta de colores de Caminha. En resumen, demasiadas bolsas para tan poco sujeto. Me dije: "Coje una, nadie lo va a notar, nadie te va a ver; seguro que entre tanto bosque y tanto pino rojo, alguna seta vas a encontrar". Madre de Dios, qué inconsciencia supina la mía. Por cierto, aprovecho la ocasión y constato, una vez más, que Dios no existe. Definitivamente.

11:21 La tierra a la vista de antes adquiere ahora la forma y la consistencia de una base militar, portuguesa por supuesto, con sus jeeps y sus banderas verdirrojas. Un señor muy parecido a Max Von Sidow pasa pilotando una bicicleta de montaña -de las caras- a dos milímetros escasos de mi boca. El susto que me da el sueco es de saltito atrás y sudor frío. Ahí sí que reconozco que hice un poco el ridículo pero como el paseo estaba desierto seguí adelante sin inmutarme. De hecho, el ciclista, yo diría que ni me vio.

11:25 Son casi y media. El sol está muy bonito. Y su reflejo en el agua es divino. Súper-precioso, que diría una mujer muy dulce que todavía no es amiga mía. Pero esto que tengo a mi derecha qué coño es, a ver. ¿Es un río... una ría... un lago... es un delta... una desembocadura? Sea lo que sea, por todos lados leo MINHO. Me empiezo a plantear si estoy entrando en la versión ibérica de "El Show de Truman". Tanta placidez y el tono bucólico que van tomando los acontecimientos me pervierten.

11:37 Camino. Sólo camino. En estos doce minutos no pasa nada.

11:38 Llego a la Base Militar pero no sé si atacar, rendirme o hacerme pasar por un turista mariquita que se ha perdido. Unos señores con pullovers, muy pero que muy repeinados, están sentados en la terraza de un atípico bar en unas sillas que adivino frías como la cabeza de un misil en invierno; simulando jugar al dómino sin ningún tipo de reparo, pero sin brío. No oigo el ruido de las fichas, ni los silencios, ni los dobles ni los pitos; no se oyen más que gritos. Militares, insisto. Y silbo, como suelo, una sardana que me enseñó mi padre mientras me alejo, indiferente, hacia mi destino. (Una reflexión a posteriori: Uno no lo piensa mientras le acaecen las cosas que vive, pero qué importante es el uso de las comas cuando lo describes).

11:41 El Atlántico.

11:42 El Atlántico. Me digo.

11:43 Y respiro el Atlántico. Absolutamente majestuoso. De miedo, y lindo. Se trata de la Praia de Camarido. Y frente a ella, la Isla de Insua. Una imagen demasiado fantasmagórica para lo tarde que se me está haciendo. Necesito un punto de apoyo. Estoy muy a gusto encima de mis adidas nuevas, pero mejor si me siento un rato en ese cubo azul medio hundido en la arena, como haría un pescador viejo y cansado en una película de Rossellini. Y desde mi atalaya de plástico me siento minúsculo como un niño frente a tanta belleza en equilibrio. Y sólo el sonido de la fuerza del mar.

11:47 Un ladrido. Un joven de 49 años atraviesa el paisaje de este a oeste lanzando infinidad de veces una rama de medio metro mojada a un setter canela de pelo largo de ocho meses. Estampa bucólico pastoril más propia de Sitges que de Portugal, y demasiado cerca de mi para resultar ni siquiera pintoresca. Algo así como cuando en el Prado te sientas en un banco frente a tu cuadro favorito para perderte dentro... y un autocar de japoneses con guía se te planta delante como la defensa del Getafe en la Final de la Copa del Rey contra el Barça. Me gustaría inventar el limpiaparabrisas de personas pero la familia de Lewis Carroll me pediría derechos de autor.

11:50 Refresca. El cubo se rompe. La ola más precoz de toda la pleamar me moja una de mis zapatillas deportivas -lo escribo así para que me entienda todo el mundo-, y esto es algo que me irrita soberanamente desde pequeño. Me levanto, y renqueante de humedad busco otro asiento de buen agüero. Exacto, ojos, ese tronco me servirá. Me ubico en su centro de gravedad pero se balancea más que el IBEX 35. Ando sin reloj -no vaya a ser que el tiempo se me muera en brazos-, pero se me acabó el tiempo y empiezo a tener el pie congelado. Adiós, tronco cruel. Me levanto, y oteo el camino de vuelta. A mi izquierda, una pineda y el eco lejano de los belicosos del parchís... a mi derecha, debe de estar la isla, digo yo, pero una espesa niebla me impide verla en todo su esplendor. Ningún barco a la vista.

11.58 He recorrido ya demasiada playa como para deshacer el camino, y no encuentro ni la salida ni el final de la tarima, o el principio. Empiezo a estar moralmente perdido. Uno sabe que siempre puede dar media vuelta y volver por donde ha venido, ya lo sé, pero... y la rabia que da? Me digo: Nen, deja de hacer el primo, 200 metros más y me piro. Agudiza el ingenio y abre lo sentidos. Y así debió ser porque...

12:00 Sólo encuentro mierda en mi camino. (Véase la lista completa en el post anterior "PRAIA DA FOZ"
http://ishtimu.blogspot.com/2008/10/praia-da-foz.html ). Fueron 200 metros de desolación. Dos minutos de amarga estupefacción. Y cuando por fin doy con el final del laberinto, el principio de aquella tarima regia que me había conducido hasta la playa... echo la vista atrás e impulsado por un resorte hasta el momento por mi desconocido... decido poner en marcha mi PLAN B.

12:01 ¿Te acuerdas de la bolsa de plástico negra que hurté de la papelera a las 11:18...? Yo también, por eso me la saco del bolsillo y deshago el camino, principalmente los últimos y sucios 200m. que muestra la fotografía, e introduzco en su interior toda la basura (por no llamarla otra vez mierda) que me encuentro desde allí hasta la casilla de salida, que era, efectivamente... ¡el tronco! No, el cubo azul roto no fui capaz de llevármelo. Era demasiado aparatoso y allí se quedó como simbolizando algo; estoy seguro.

12:12 Pierdo la noción del tiempo; caminar tanto rato con el espinazo doblado recogiendo detritus no debe ser nada bueno para el riego sanguíneo y me quedo medio ido. Me detengo, me despojo de mis ropas hasta llegar a la camiseta imperio y respiro. Con la bolsa de basura al hombro, como un Papá Nöel alternativo en una sesión de fotos para algún suplemento del domingo. Ahora sí, me digo. Reinicio otra vez, y con paso decidido, el camino de vuelta, pero esta vez pletórico, por lo noble de mi acción y por lo limpio.

12:20 Realizo las tres fotografías que configuran el reportaje gráfico que facilito. Una instantánea de la playa tal y como Dios la trajo el Miño; un bodegón de los restos de tantas historias de naufragios y descuidos; y en tercer lugar, la foto con la bolsa negra cerrada en primer término: mi favorita. Esto me va a trascender. Envido.

12:22 Por fin, joder, salgo de la playa con el saco a cuestas y con una pinta más que sospechosa. Me cruzo con una familia holandesa de Bélgica que, a paso ligero, trotan por la tarima de madera en fila india de a cinco. Llevan sendas toallas de baño en el cuello a modo de bufanda pero no parece que tengan precisamente frío, al contrario, creo que se van a dar un bañito. De pronto, el último de la fila, o lo que vendría a ser el niño, hace un amago de abandonar el envase de su mini-tetrabrick de zumo de arándanos en el piso... pero sin dudarlo un instante mi cabeza da un giro de 180º -a lo niña del exorcista- y mi cara de poquísimos amigos, y mal avenidos, le hace desistir ipso facto de su instinto, y acelera el paso hasta perderse de nuevo entre las faldas de mamá Tulipán.

12:29 Murphy nos visita. Ahora resulta que no encuentro una puñetera papelera en el otro lado del camino. Parece ser que el ayuntamiento ha previsto que la gente sólo ensucie a la ida, y que a la vuelta vayan de vacío. Que no es mi caso, porque la bolsita pesa lo suyo; entre pitos y flautas, cuatro o cinco kilos fijo. Conclusión: ¿dónde coño lo tiro? (A todo esto, el canguelo de llegar tarde a la convocatoria, en este caso con el tipo que debe acompañarme al set de rodaje en la furgoneta, cada vez es más grande).

12:33 Como su nombre indica, llego de nuevo a la base, que por cierto sigue siendo militar a pesar de que ha pasado casi una hora de mi ultimátum ofensivo, y como no recibo respuesta de ningún tipo, y lo señores del bar siguen gritando de lo lindo, me escoro entre cajas de refrescos, algún gato esquelético y bidones de cerveza aparcados en batería, y tiro dentro de un container verde -como los de Barcelona, igualito- la totalidad de mis residuos radiactivos. O sea, y hablando en plata, les coloco la bolsa de basura a los milicos.

12:34 Corro.

12:37 Me pierdo en el bosque pero en el intento de encontrar un atajo que me lleve directamente al hall del hotel no pierdo de vista la posibilidad, remota, de algún níscalo.

12.46 (Por decir algo, ya que había perdido absolutamente la noción del tiempo) Me doy de bruces con una asquerosa telaraña gigante. Imagínate lo grueso que sería el hilo que la muy cabrona había tejido, que me frena en carrera, y no soy precisamente un duende; mis dimensiones son casi de caza mayor. Me vinieron a la cabeza los fotogramas finales del terrorífico film de Serie B El Increíble Hombre Menguante... "¡Socorro!.. ¡Aquí, socorro!" Cuando el científico y protagonista, reducido al tamaño de un dedal, está a punto de ser devorado por una araña en su propio jardín. Qué horror. ¿Será un aviso?

12:47 Tengo tela de araña en la boca, en los cordones de los zapatos, en las cejas, en los botones de la bragueta, entre las uñas, y por supuesto, entre mi pelo de velcro.

12:51 Sigo corriendo. Se acaba el bosque. Diviso el hotel, y la furgoneta de Manolo -es portugués pero se llama Manolo- me espera en la puerta. He sudado la samarreta (camiseta en catalán) pero estoy muy satisfecho. No soy feliz, es cierto, pero estoy contento. Ha sido una mañana intensa, una mañana Comansi. Y ahora, para postres, el sol me calienta la cara y ciega mis ojos. Qué bonita imagen de amor propio. Lo malo es que se me achinan las facciones y se me marcan un pelín las patas de gallo, y hoy hay que trabajar; eso, sumado a mi fotofobia... hay que poner remedio ya. Por lo tanto, como suelo, echo mano a mis sempiternas gafas de sol de mercadillo pero... no las encuentro. Ni en la cabeza, ni colgadas del cuello del jersey, ni en ninguno de mis bolsillos... ¿Por qué? Porque las he perdido. ¿Dónde? En la playa.

12:52 Me cago en la puta.

12:53 Saludo a Manolo con la mano izquierda a media altura, tímidamente, en un gesto no demasiado cordial, acompañado de un sonido gutural impregnado de la musiquilla de la zona; algo así como un... heine. Dicho muy rápido y levantando al mismo tiempo la barbilla. Pruébalo: heine. Subo las escaleras del hotel, me escondo detrás de una columna de estilo Wi-Fi, y a fe que remiro en todos los sitios donde podrían estar escondidos mis gafas -no importa que haga sólamente dos minutos que ya lo acabe de hacer a 150m. escasos de allí-... Evidentemente, nada de nada. ¿Y si no las he cogido?... ¿Y si me las he dejado en la habitación encima de la neverita de bebidas?... No, burro. Las llevabas, las llevabas y las has perdido. Reacciona, y rápido. ¡MANOLO!

12:59 Desde el hall del hotel veo como se encienden, primero, los pilotos rojos de las luces de posición, y luego, los de marcha atrás, blancos, de la furgoneta que nos tiene que llevar al rodaje. Es la una en punto del mediodía, y el Manolo portugués con nombre español me empieza a parecer suizo. "Cuando queraish...", nos espeta frotándose con fuerza ambas manos como si quisiera prenderlas fuego. "¡Espera, Manolo, un momento!", le suplico asomándome por la ventanilla del copiloto. "¿Qué pasó, entonces?", me contesta él. "¿Me puedes hacer un favor...?", le digo yo con la mejor de mis medias sonrisas. "Depende". Es gallego. Y me lo hace.

13:01 Ni dos minutos tarda la furgo en llegar a la terraza del bar de la base. Estoy a nada de la playa. "Aquí mismo. Gracias, tío. Manolo... Obrigado." Corro como un loco hasta el lugar del crimen por la tarima de madera, enésima vez -dichosa pasarela-, y salto al ruedo, cual Pinzón y con la horrorosa sensación de haber hecho el primo durante toda la mañana. Inspiro profundamente y comienza la cuenta atrás. Busco mis gafas de sol por la arena de aquel inmenso pajar absolutamente poseído. I swear. Soy un Peret sin su lágrima; un superhéroe de barrio buscando a su hijo perdido. Y me viene a la cabeza aquella canción de Gurruchaga de los 80'... "Yo ví a un viejo vendiendo mis gafas...". ¡Fuera, quítamelos. Necesito concentración! Estoy a punto de sucumbir; pero antes de retirarme con la cola entre las piernas y de iniciar con mi cuerpo el giro, esta vez definitivo, abro en un desesperado intento un poco más los ojos, como si tuviera poderes, rayos equis o protagonizara un anuncio de colirio... y a 3,14159265 metros, aproximadamente, veo un destello amigo. El brillo de un tornillo... o el reflejo del sol en el vidrio. Es un destello amigo. Y fue justo en ese momento

13:07 en el que me reconcilié con tantas cosas, y con lo que había valido la pena de tantos esfuerzos; y con muchas personas, y ciertos momentos, quizá de años ya. Y lloré de felicidad como hacía tiempo que no lo hacía por aquella pequeña gran victoria contra mi mismo. Y comprendí que vale la pena ser, estar, vivir y estar vivo.

SI HAS LLEGADO HASTA AQUI... TE ANIMO A LEER EL POST QUE PRECEDE A ESTE. Y MUCHAS GRACIAS POR TU ALTA FIDELIDAD.

6 comentaris:

NO SE ha dit...

estoy ansiosa por que llegue el próximo capítulo

xxx

NO SE ha dit...

es complicado (mucha tierra)
pero no imposible
a mí también me gustaría


xxx

quizás, quizás... ha dit...

impacient perquè després d'algun dinar tinguis temps i el que faci faltar per acabar-lo!

Vero ha dit...

Andar sin reloj para que el tiempo no se muera en brazos es una bella ocurrencia. Voy a aducir eso mismo cuando me pregunten por qué no uso reloj. ¿Qué quieren -diré- que ande por ahí con un tiempo cadavérico? Saludos.

Prisamata ha dit...

¿lo de silbar sardanas delante de tipos de uniforme es un acto de justicia poética para compensar algún tipo de bofetada franquista recibida por Marcos Senior en el pasado?

sin querer te atropello ha dit...

cómo sabes tú eso? te lo había contado seguro
me encantaría que mi padre tuviese un portàtil, o se bajase al cyber, y se pudiese leer este post

ciao, tierno